Por Rafael
Serrano
Fecha: 22 Marzo
1995
Más allá del Estado
y del mercado
Después de un
prolongado dominio socialdemócrata en el pensamiento político, en la década
pasada parecía que el neoliberalismo iba a ganar por goleada. Sin embargo, pasó
pronto el entusiasmo, sin que se instaurara el "Estado mínimo" ni el
capitalismo popular. Pero el derrumbamiento del comunismo en Europa afectó a la
izquierda tradicional, que tampoco ha vuelto a su anterior gloria. Y queda un
paisaje de patologías sociales que ni el mercado evita ni el Estado logra
curar. Aparece entonces el comunitarismo, una filosofía política que vuelve sus
ojos a los valores morales y a las instituciones básicas de cohesión social.
Nacido en
Norteamérica a principios del decenio pasado, el comunitarismo es un movimiento
intelectual por ahora pequeño, y un tanto difuso. No es un bloque compacto,
sino un grupo informal de pensadores de ideas parecidas. En Estados Unidos hay
una revista trimestral representativa de esta corriente: The Responsive
Community: Rights and Responsibilities.
El rasgo común más
característico de los comunitaristas es la crítica al liberalismo, que en no
pocos casos alcanza a la tradición ilustrada en general y, por tanto, también
al socialismo, otro hijo del Siglo de las Luces. Por eso se los puede
considerar posmodernos, pero no al estilo del "pensamiento débil",
Vattimo y demás.
Más bien, el
comunitarismo pretende recuperar, de un modo original, una tradición anterior.
Subraya que no somos individuos independientes que acuerdan convivir
estableciendo pactos políticos y económicos basados en el interés. Antes de
todo eso, estamos unidos por lazos de solidaridad, hechos de sangre, historia,
cultura, valores. La modernidad, al marginar este aspecto, ha favorecido el
atomismo social. Esto es lo que hay que corregir: se trata de que volvamos a
ser una comunidad.
Los comunitaristas,
en general, se inspiran en la filosofía política clásica. Unos miran
especialmente a Aristóteles; otros se fijan más en los fundadores de la
democracia americana (1).
Límites del
individualismo
Así piensan, grosso
modo. ¿Quiénes son? Si se acepta una clasificación meramente orientativa,
pueden distinguirse dos grupos principales. Unos son más radicales en sus
críticas al liberalismo, como Robert Bellah, Alasdair MacIntyre o Michael
Sandel (autor de Liberalism and the Limits of Justice y Liberalism and Its
Critics). Otros tratan de conciliar el rechazo al individualismo con los
principios de la modernidad. Entre éstos se puede mencionar a Amitai Etzioni,
Charles Taylor o Michael Walzer. (Ver, al final del servicio, más información
sobre estos autores).
El primer blanco de
las críticas comunitaristas es el individualismo, por lo menos en su versión
extrema. Bellah, por ejemplo, distingue un individualismo sensato -que sostiene
la dignidad inviolable de todo ser humano por sí mismo- del
"individualismo ontológico", que consiste en afirmar que el individuo
es la realidad primordial y la sociedad es de orden sólo secundario, como
expresa la teoría del contrato social.
En virtud de esto,
piensan los comunitaristas, el liberalismo ha privilegiado los vínculos
contractuales, marginando los no elegidos sino recibidos. En consecuencia, se
tiende a considerar las relaciones humanas en la sociedad como transacciones,
en que cada uno cede algo a cambio de una ganancia. Se subrayan los derechos
individuales de tal manera, que quedan oscurecidos los deberes nativos hacia
los demás y la participación en un proyecto común.
Dos síntomas son la
proliferación de reivindicaciones y los continuos litigios, tan abundantes en
el paisaje social norteamericano. Otros son la desintegración de la familia y
el debilitamiento de las sociedades intermedias. De manera más general, la
situación puede describirse como el predominio de la "razón
instrumental", que lleva a resolver por el cálculo de costes y beneficios
muchas cuestiones que deberían juzgarse según otros criterios.
El peligro del
despotismo blando
No creen estos pensadores
que los vínculos comunitarios hayan desaparecido, sino que se han debilitado y
han sido marginados de la vida pública. La política se desentiende de los
valores, en una buscada neutralidad. El gobierno tiende a convertirse en mero
gestor del bienestar privado de individuos individualistas. Y entre la
burocracia anónima del Estado-Providencia y el individuo aislado queda un
vacío. La reclusión en la vida privada abre la puerta a un peligro, señala
Taylor: el "despotismo blando", como lo llamaba Tocqueville.
"Cuando disminuye la participación -advierte Taylor- (...) el ciudadano
individual se queda solo frente al vasto Estado burocrático y se siente, con
razón, impotente. Con ello, el ciudadano se desmotiva aún más, y se cierra el
círculo vicioso del despotismo blando".
Muchos
comunitaristas señalan otro efecto contraproducente de la modernidad tal como
ha llegado a ser: la desorientación. Diagnostica Walzer: "En una sociedad
liberal tenemos derecho a elegir, pero no tenemos ningún criterio con que gobernar
nuestras elecciones, salvo el conocimiento de nuestros propios intereses y
deseos". La modernidad, dice Taylor, nos impulsa a pensar por nosotros
mismos (sapere aude!), sin atender a lo recibido, pero no nos da un horizonte
de sentido contra el que nuestras convicciones y actitudes puedan resultar
plenamente inteligibles.
En un plano
filosófico más fundamental, MacIntyre añade que es ilusoria la pretensión de
construir una ética prescindiendo por completo de la tradición. En realidad (y
esto es una tesis compartida por todos los comunitaristas), adquirimos la moral
-que es un saber práctico- y nuestras convicciones básicas desde una tradición
dada. Sólo a partir de ahí puede uno empezar a pensar por sí mismo, para
corregir y superar la tradición.
Consecuencia
práctica: es erróneo construir la sociedad civil sólo sobre unas reglas
formales de convivencia, esperando que cada individuo se invente sus propios
valores. "Un débil consenso político, limitado en gran parte a cuestiones
de procedimiento -opina Bellah-, no puede sostener un sistema político
coherente y eficaz". Además, el subjetivismo no es independencia de
criterio. En palabras de Bellah: "Cuando un individuo ya no confía en la
tradición o en la autoridad, inevitablemente se dirige a los demás en busca de
confirmación de sus propios juicios. El rechazo a aceptar una opinión
establecida y el ansia de conformarse a las ideas de los semejantes resultan
ser dos caras de la misma moneda". Esta es una posible explicación de la
fiebre de las encuestas.
¿Posmodernos o
reaccionarios?
Los críticos del
comunitarismo se preguntan si volver a un consenso público que vaya más allá de
cuestiones formales no llevará a imposiciones abusivas sobre las minorías. Dar
prioridad a los vínculos comunitarios ¿no significa amenazar las libertades
individuales?
Los comunitaristas
responden que pretenden preservar los logros de la modernidad, como la defensa
del individuo, pero sin que lleven a la muerte de la solidaridad. Frente a la
concepción liberal, los comunitaristas subrayan que "el individuo y la
sociedad no se encuentran en situación de suma cero" (lo que uno gana es
lo que otro pierde), como dice Bellah. Y añade: "Un grupo fuerte que
respete las diferencias individuales reforzará la autonomía al igual que la solidaridad",
porque "es en el aislamiento y no en los grupos donde las personas son más
susceptibles de ser homogeneizadas".
En segundo lugar,
los comunitaristas alegan que la democracia no nació del vacío moral. Al
contrario, surgió merced a unos presupuestos y valores determinados: la igual
dignidad de todos los hombres, el derecho natural como límite del poder, la
libertad innata de la persona... Esto es especialmente claro en el caso de
Estados Unidos, como subraya, sobre todo, Bellah, quien gusta citar a los
fundadores del país. En cambio, tales convicciones no han aparecido en todas
las culturas o épocas: en un sistema rígido de castas, o donde se cree que los
actos humanos están predeterminados por el destino, por ejemplo, la democracia
no brota tan fácilmente.
Para que las
personas cambien
Por otra parte,
para el comunitarismo, basar la vida pública en los valores no significa hacer
del Estado el guardián de la moral. Lo que ocurre, dice Amitai Etzioni, es que
"se confunde el derecho a no sufrir la intromisión del Estado con el
derecho, que no existe, de estar libre de escrutinio moral por parte de los que
nos rodean y de la comunidad". Así, no se trata, por ejemplo, de penar a
las madres solteras ni a sus compañeros que las abandonan, sino de decir bien
alto que eso está mal.
En fin, para
revitalizar la sociedad, precisa Etzioni, los comunitaristas no proponen
instaurar incentivos y castigos legales: lo que subrayan es "la necesidad
de que las personas cambien". El comunitarismo, sigue explicando Etzioni,
quiere difundir, ante todo, "un lenguaje moral: esto hará que cambien los
hábitos personales, lo que a su vez hará que cambie la política".
Y esto, ¿cómo se
aplica? Si se pide a Etzioni un ejemplo de política comunitarista, menciona lo
que han hecho en Seattle para prestar asistencia rápida a los que sufren un
infarto. El liberal típico habría confiado la cuestión a las leyes del mercado:
si hay demanda de un servicio, la libre competencia la satisfará del modo más
eficaz y más barato. Un socialdemócrata habría hecho que el ayuntamiento
comprara decenas de ambulancias. En uno y otro caso, el problema es conseguir
que el equipo médico llegue a tiempo, ya sea en ambulancia privada o en una
municipal. Así que en Seattle han enseñado a miles de ciudadanos a prestar los
primeros auxilios a las víctimas de infarto.
Por ahora, no hay
muchos ejemplos de políticas comunitaristas. Pero ya se nota que el pensamiento
comunitarista empieza a influir.
Ideas que se
extienden
Una muestra es que
en Norteamérica se extiende la convicción de que los males sociales tienen
origen moral y, por tanto, requieren remedios de la misma especie. Es difícil
determinar hasta dónde se debe esto a la influencia del comunitarismo, o si es
más bien un fenómeno coincidente, provocado por el desencanto ante el
Estado-Providencia. Lo cierto es que últimamente la prensa norteamericana está
llena de comentarios que difunden este mensaje (2). Y han obtenido notable
éxito algunos libros que sostienen lo mismo, como Book of Virtues, de William Bennett,
o The De-Moralization of America, de Gertrude Himmelfarb.
También, se oyen
ideas comunitaristas en boca de algunos políticos, como Bill Clinton o el
republicano Jack Kemp (el "Contrato con América" tiene parte de
comunitarismo, pero en muchos aspectos es más bien liberal). Pero el caso más
notable es el de Tony Blair, el líder laborista británico. Blair, que se
propone renovar su partido, declara abiertamente que "el socialismo de
Marx, la idea de que hay que concentrar todo en el Estado, está muerto".
Pero no cree tampoco que la solución esté en confiar todo al mercado. Su
propuesta es la "solidaridad social": el principio de que las
personas no son meros individuos, libres para prosperar (o no) como quieran,
sino también miembros de la sociedad, de la que dependen y con la que tienen
responsabilidades. Blair también se distingue por dar mucha importancia a los
vínculos comunitarios, en especial los familiares.
Ahora que se
extiende la persuasión de que el proyecto moderno está teniendo demasiadas
consecuencias contraproducentes, de que el impulso de la Ilustración se agota,
estamos en espera de algo realmente nuevo. ¿Es esto el comunitarismo? Los
pensadores de esta corriente no se identifican ni con la derecha ni con la
izquierda tradicionales. Frente al liberalismo, niegan que el interés
individual sea fundamento válido para la vida social. Frente a la
socialdemocracia, ponen por delante del Estado las unidades sociales menores
(familia, vecindario...). Aún es difícil decir si tales ideas son una originalidad
posmoderna, también porque en parte son bastante clásicas.
Comunitaristas:
quiénes son
Amitai Etzioni
Es el comunitarista
más popular. Profesor de sociología de la Universidad George
Washington, de la capital estadounidense. Su experiencia en Harvard, donde
enseñó ética de los negocios, le llevó a posturas cada vez más críticas con el
individualismo utilitarista dominante. Impulsó un nuevo enfoque llamado
socio-economía, que subraya las motivaciones morales de los agentes económicos
(ver servicio 110/90, pp. 2-3). Sostiene que las personas no se mueven sólo por
el principio del máximo beneficio e insiste en la necesidad de los valores
éticos para el correcto funcionamiento de la economía. En 1988 fundó la Sociedad para el Progreso
de la Socio-economía.
Ese año publicó The Moral Dimension: Toward a New Economics,
donde expone estas ideas. Más tarde, Etzioni comenzó a popularizar propuestas
explícitamente comunitaristas, especialmente con su último libro, The Spirit of
Community (1994).
Robert Bellah
Estadounidense,
profesor de sociología en la
Universidad de California (Berkeley). Su obra más
representativa es Habits of the Heart, de 1985 (Hábitos del corazón, ed.
Alianza). En 1991 publicó The Good Society, donde define más sus ideas, en
respuesta a las críticas recibidas. Pretende recuperar el pensamiento político
de los fundadores de Estados Unidos (especialmente Jefferson), con sus dos
grandes tradiciones: la religiosa bíblica y la clásica republicana. Subraya que
la sociedad democrática no puede fundarse sólo en un simple consenso político,
limitado a cuestiones de procedimiento: hace falta un acuerdo sobre los valores
básicos, que de hecho existe y es mayor de lo que parece.
Charles Taylor
Trata de conciliar
una perspectiva no individualista con los planteamientos modernos básicos.
Canadiense, profesor de filosofía en la Universidad McGill
(Montreal), se inspira en la hermenéutica posterior a Heidegger. Su pensamiento
tiene mucho de crítica social y se relaciona con su postura política como militante
del movimiento nacionalista de Quebec. Reprocha al liberalismo su pretendida
neutralidad moral, para él imposible, que lleva a igualar todos los valores y
priva de sentido a la libertad de elección. Pero sostiene que el deslizamiento
hacia el subjetivismo es una traición a la inspiración moderna original.
Principales obras: Sources of the Self. The Making of the Modern Identity, de
1989 (Orígenes del yo. La construcción de la identidad moderna, ed. Paidós);
The Malaise of Modernity, de 1991 (La ética de la autenticidad, Paidós: ver
servicio 153/94).
Michael Walzer
Como Taylor,
critica el liberalismo sin querer renunciar a la modernidad. Walzer,
estadounidense, se opone a lo que llama "Liberalismo I", que acentúa
los derechos individuales y extrema la neutralidad del Estado con respecto a
los valores. Pero cabe otra versión, el "Liberalismo II", que además
de proteger las libertades del individuo, tenga un interés positivo en
tradiciones culturales, religiosas, etc. Esta segunda concepción liberal es, según
Walzer, la que realmente respeta el pluralismo. El libro más importante de
Walzer es Spheres of Justice. A Defense of Pluralism and Equality (1983).
Alasdair MacIntyre
Pasa por ser el
crítico más radical del liberalismo dentro de la corriente comunitarista. A la
vez, desciende menos que otros a propuestas socio-políticas, pues sus intereses
se dirigen a la fundamentación de la ética.
Este británico
afincado en Estados Unidos (es profesor de la Universidad Notre
Dame) se hizo internacionalmente famoso en 1981 con After Virtue (Tras la
virtud, ed. Crítica: ver servicio 186/88). Su tesis es que el proyecto
ilustrado de basar la ética en la pura razón -entendida al modo racionalista-
ha resultado un fracaso. Propone recuperar la tradición aristotélica -que él
redescubrió después de seguir derroteros muy distintos-, tal como aparece en la
síntesis que hizo Tomás de Aquino entre ésta y el agustinismo. Ha hecho una
profunda confrontación entre esta tradición y la ilustrada en Whose Justice?
Which Rationality?, de 1988 (Justicia y racionalidad, Ediciones Internacionales
Universitarias). Luego ha vuelto sobre el tema en una obra más madura, Three
Rival Versions of Moral Enquiry, de 1990 (Tres versiones rivales de la ética,
EUNSA: ver servicio 45/93).
Son realmente
fuertes sus reproches a la idea liberal de que la justicia consiste en reglas
de procedimiento (como en Rawls o en Nozick, pese a las diferencias entre
ambos) y que la sociedad moderna se basa en un consenso formal. Su fama de
reaccionario le viene en especial de un pasaje de Tras la virtud donde critica
incidentalmente la noción de derechos humanos, aunque después no ha insistido
más en el tema.
Rafael
Serrano(1) Una sucinta descripción del comunitarismo,
en especial el pensamiento de Robert Bellah, en: Vicente Bellver, Ecología: De
las razones a los derechos, Comares, Granada, 1994, pp. 171-184. Un estudio
general, desde una postura crítica hacia el comunitarismo, es el de Carlos
Thiebaut, Los límites de la comunidad, Centro de Estudios Constitucionales,
Madrid, 1992.(2) Algunos de esos artículos se han reproducido en Aceprensa,
como dos de W. Raspberry (servicios 6/95 y 25/95), otro de Newsweek (servicio
25/95), o el de D. Eberly (servicio 33/95).
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