El lema de unión de la Revolución
francesa-libertad, igualdad, fraternidad- cita los tres ideales fundamentales
de la era democrática moderna. Las grandes ideologías de los siglos XVIII y XIX
-socialismo, conservadurismo, liberalismo, nacionalismo y republicanismo- han
propuesto, cada una, su propia concepción de los ideales de libertad, de
igualdad y de comunidad.
El ideal de comunidad ha adoptado muy diversas formas, desde la solidaridad de clases, de la ciudadanía compartida, hasta una ascendencia étnica o una identidad cultural comunes. Mas, para todas esas teorías y para los filósofos que han participado en su defensa, la comunidad era uno de los principales fundamentos conceptuales que había que forjar y definir. Sin embargo, después de la segunda Guerra Mundial, el ideal de comunidad pareció caer en el olvido. Por ejemplo, John Rawls, cuya Teoría de la justicia (1971) es generalmente considerada como obra renovadora de la tradición de la filosofía política normativa en el mundo angloamericano, dice que su trabajo está destinado a ofrecer una interpretación de los conceptos de libertad y de igualdad.
El ideal de comunidad ha adoptado muy diversas formas, desde la solidaridad de clases, de la ciudadanía compartida, hasta una ascendencia étnica o una identidad cultural comunes. Mas, para todas esas teorías y para los filósofos que han participado en su defensa, la comunidad era uno de los principales fundamentos conceptuales que había que forjar y definir. Sin embargo, después de la segunda Guerra Mundial, el ideal de comunidad pareció caer en el olvido. Por ejemplo, John Rawls, cuya Teoría de la justicia (1971) es generalmente considerada como obra renovadora de la tradición de la filosofía política normativa en el mundo angloamericano, dice que su trabajo está destinado a ofrecer una interpretación de los conceptos de libertad y de igualdad.
No es que Rawls niegue el valor de la comunidad, más bien casi no le presta atención. Y Rawls no es el único. La mayoría de los filósofos liberales contemporáneos tienen muy poco qué decir sobre el ideal de comunidad. Cuando se evoca la comunidad, a menudo se la menciona como derivada de la libertad y de la igualdad: una sociedad honra el ideal de comunidad si sus miembros son tratados como personas libres e iguales. Las concepciones liberales de la política no incluyen ningún principio autónomo de comunidad, como la comunidad de nacionalidad, de idioma, de cultura, de religión, de historia o de modo de vida. Pero hoy la noción de comunidad vuelve a salir a la superficie. En materia de filosofía política surge toda una escuela de pensamiento -el comunitarismo- cuya tesis central es, precisamente, la necesidad de preocuparse por la comunidad tanto como de la libertad y de la igualdad, y aun de otorgarle la prioridad.
Los comunitaristas estiman que el valor de la comunidad no ha sido lo bastante reconocido en las teorías liberales de la justicia, ni en la cultura pública de las sociedades liberales. Esa preocupación por la comunidad también se encuentra en el marxismo y entra en la definición del ideal comunista. Sin embargo, el tipo de comunitarismo que recientemente ha cobrado importancia gracias a los escritos de Michael Sandel, Michael Walzer, Alasdair McIntyre y Charles Taylor es muy diferente del marxismo tradicional. Los marxistas consideran que el ideal de comunidad sólo puede alcanzarse mediante la caída revolucionaria del capitalismo y la construcción de una sociedad socialista. En cambio, los nuevos comunitaristas estiman que ya existe la comunidad, en forma de prácticas sociales y de tradiciones culturales comunes, y de una misma comprensión de la sociedad.
La comunidad no tiene que ser construida de nuevo, sino más bien ser respetada y protegida. Tal como lo formula Amy Gutmann, mientras que los "antiguos" comunitaristas seguían a Marx y su deseo de rehacer el mundo, los "nuevos" comunitaristas se vuelven hacia Hegel y su deseo de reconciliar a los hombres con su mundo (Gutmann, 1985). De hecho, pueden verse numerosas semejanzas entre los críticos comunitaristas del liberalismo moderno y la crítica hecha por Hegel de la teoría liberal clásica (Smith, 1989). Liberales clásicos como Locke y Kant intentaron identificar una concepción universal de las necesidades humanas o de la racionalidad humana, y después invocaron esta concepción ahistórica del ser humano para evaluar la organización social y política existente. Según Hegel, ese tipo de concepción -a la que llamaba Moralität- es demasiado abstracta para ser de gran utilidad, pero también demasiado individualista, pues pasa por alto el hecho de que los seres humanos inevitablemente se inscriben en prácticas históricas y relaciones particulares.
La otra óptica -a la que Hegel llamaba Sittlichkeit- subraya que el bien de los individuos -a decir verdad, su identidad misma y su capacidad de acción moral- está estrechamente ligado a las comunidades a las que pertenecen, así como a los papeles sociales y políticos particulares que en ellas ocupan (Hegel, Principios de filosofía del derecho, § 141,144). Numerosos escritos comunitaristas de hoy hacen eco a ese contraste entre Moralität y Sittlichkeit. Sobre las huellas de Hegel, los comunitaristas acusan a los liberales modernos de adoptar un punto de vista abstracto e individualista, y proponen una perspectiva más contextual y más influida por la noción de comunidad. Sin embargo, si los grandes temas del debate entre liberales y comunitaristas ya nos son familiares, las cuestiones y las perspectivas específicas son nuevas y reflejan preocupaciones claramente modernas en cuanto a la naturaleza de la comunidad en las democracias occidentales de fines del siglo XX.
Los nuevos comunitaristas están unidos por la convicción de que la filosofía política debe prestar mayor atención a las prácticas y a las interpretaciones compartidas en el seno de cada sociedad. Además, todos afirman unánimes que para ello es necesario modificar los principios liberales tradicionales de justicia y de derechos. Pero sus opiniones divergen en cuanto a las modificaciones que deben hacerse a esos principios. Pueden distinguirse tres corrientes distintas, a veces opuestas en el pensamiento comunitarista. Algunos comunitarios piensan que la comunidad sustituye la necesidad de principios de justicia. Otros consideran que la justicia y la comunidad son perfectamente compatibles, pero opinan que, para apreciar correctamente el valor de la comunidad, deberemos modificar nuestra concepción de la justicia.
Estos últimos pensadores están divididos en dos bandos. Uno de ellos sostiene que la comunidad debe ser considerada como la fuente de los principios de justicia (que la justicia debe fundarse en las comprensiones compartidas de la sociedad, y no en principios universales y ahistóricos); la otra afirma que la comunidad debiera desempeñar una función más importante en el contenido de los principios de justicia (que la justicia debiera atribuir mayor importancia al bien común y menor a los derechos individuales).
Fuente de información:
Monique Canto-Sperber. Diccionario de ética y de filosofía moral. Tomo I. Fondo de Cultura Económica. México. 2001.
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