jueves, 12 de julio de 2012

La opción comunitarista ¿una nueva alternativa política?



Aragón Liberal   (Enviado por: José Alfonso Arregui) , 16/11/07, 16:52 h

El comunitarismo es un movimiento intelectual nacido en Estados Unidos en la década de los 80 que se distancia tanto del liberalismo como de la socialdemocracia a la hora de proponer soluciones políticas a los problemas sociales.

El movimiento comunitarista es poco conocido en nuestros lares, quizá porque en España el discurso político hegemónico oscila pendularmente desde 1982, sin opciones alternativas realistas, entre la socialdemocracia más o menos incisiva y el liberalismo de ribetes conservadores. Sin embargo, en Estados Unidos ha alcanzado notables cotas de influencia académica y sociológica, aunque no todavía política. A mi entender, constituye una de las líneas de renovación ideológica más prometedoras de nuestro tiempo porque, entre otras cosas, redirige la atención a los valores morales y a las instituciones básicas de cohesión social.
Frente al hegemónico buque liberal de ámbito anglosajón (y por tanto, mundial, no nos engañemos), se alzan las voces de estos pensadores y filósofos que, sin formar una corriente política definida ni un bloque compacto, procuran aportar al debate público nuevos modos de considerar las relaciones entre el ciudadano y el estado, enriqueciéndolas con entidades intermedias y tratando de superar la polarización liberal entre individuo y aparato estatal.

De entrada, el comunitarismo no puede confundirse con el conjunto de alternativas políticas conocido como “tercera vía”, en expresión atribuida a Anthony Giddens, asesor ideológico de Tony Blair y exdirector de la prestigiosa London School of Economics. Si esta tercera vía constituye una revisión de la socialdemocracia, que llevó a formular el New Labour (Nuevo Laborismo) del Premier británico, el comunitarismo bebe sus fuentes del pensamiento social clásico, nace en Norteamérica en la década de los 80, y tiene como elemento característico la crítica al liberalismo y a la tradición ilustrada en general.
Frente al liberalismo, niegan que el interés individual sea fundamento válido para la vida social. Frente a la socialdemocracia, ponen por delante del Estado las unidades sociales menores (familia, vecindario...). Para los comunitaristas, muchos problemas sociales como la drogadicción o el desempleo ni los puede evitar el mercado, ni puede curarlos el Estado.

Afirman que no somos individuos aislados que pactan una convivencia basada en acuerdos políticos y económicos, con el interés individual como motor del consenso (la conocida teoría del pacto o contrato social). Con anterioridad a esta hipotética situación de partida (inexistente, por otra parte, en la historia real de la humanidad), de hecho los seres humanos estamos unidos por lazos culturales, históricos, de solidaridad, de sangre, de valores… La modernidad de los últimos tres siglos ha fomentado el atomismo social, el aislamiento y la soledad. Y eso es lo que estos autores proponen: que volvamos a ser una comunidad.

Una tesis compartida por todos los comunitaristas es que adquirimos la moral (un saber práctico) y nuestras convicciones básicas desde una tradición dada, por lo que resulta ingenuo pretender construir una ética que prescinda totalmente de la herencia social recibida. Sólo a partir de ahí puede uno empezar a pensar por sí mismo, para corregir y superar la tradición. En opinión de uno de estos autores, unas simples reglas formales de convivencia, “un débil consenso político, limitado en gran parte a cuestiones de procedimiento, no puede sostener un sistema político coherente y eficaz” (Bellah). Quizá se explique así la omnipresencia de las encuestas, como manifestación del afán de conformarse a las ideas de los demás, y del rechazo a aceptar una opinión autorizada.

Aristóteles es un autor especialmente apreciado por algunos comunitaristas, por el desarrollo que el filósofo griego elabora en torno al hombre como zoon politikon, como animal social, y por el carácter esencial que el estagirita atribuye a esta condición. El individualismo radical casa mal con este planteamiento, porque relega a la sociedad a un orden meramente secundario frente a la soberanía absoluta del yo. Por eso el comunitarismo trata de poner de relieve la importancia de los vínculos recibidos (por tanto, no elegidos), deberes que nos afectan porque desde que nacemos estamos insertados en un orden social concreto: no hemos aparecido en la tierra de repente. Y deberes que son marginados de la vida pública porque lo que se gestiona es un bienestar privado de seres individualistas.

No es de extrañar, por eso, la extendida preocupación por los índices de participación democrática: como explica otro de estos autores, “el aislamiento personal lleva a disminuir la participación, el ciudadano individual se queda solo frente al vasto Estado burocrático y se siente, con razón, impotente. Con ello, el ciudadano se desmotiva aún más, y se cierra el círculo vicioso del despotismo blando, como expresa Tocqueville" (Taylor).
Los críticos del comunitarismo tildan a estos autores de reaccionarios, porque si se atiende a los vínculos comunitarios, no elegidos democráticamente, es fácil amenazar las libertades individuales, especialmente las de las minorías. Los comunitaristas responden que buscan la defensa del individuo, pero sin que lleve a la muerte de la solidaridad. Como indica Bellah, "un grupo fuerte que respete las diferencias individuales reforzará la autonomía al igual que la solidaridad, porque es en el aislamiento y no en los grupos donde las personas son más susceptibles de ser homogeneizadas". Además, la propia democracia no cae del cielo, sino que supone la aceptación de una serie de premisas (igualdad de todos ante la ley, poder limitado…) casi imposibles de cuajar en culturas con un sistema rígido de castas o con una concepción determinista de los actos humanos.

Otro conocido comunitarista, Amitai Etzioni, explica que basar la vida pública en los valores no significa hacer del Estado el guardián de la moral: “se confunde el derecho a no sufrir la intromisión del Estado con el derecho, que no existe, de estar libre de escrutinio moral por parte de los que nos rodean y de la comunidad”. Para revitalizar la sociedad no sirven los incentivos y castigos legales, sino que “las personas cambien”. El mismo Etzioni da un ejemplo de política comunitarista, y expone lo que hicieron en Seattle para prestar asistencia rápida a los que sufren un infarto. El liberal típico habría confiado la cuestión a las leyes del mercado: si hay demanda de un servicio, la libre competencia la satisfará del modo más eficaz y más barato. 

Un socialdemócrata habría hecho que el ayuntamiento comprara decenas de ambulancias. En uno y otro caso, el problema es conseguir que el equipo médico llegue a tiempo, ya sea en ambulancia privada o en una municipal. Así que en Seattle han enseñado a miles de ciudadanos a prestar los primeros auxilios a las víctimas de infarto.

Para los más interesados, en Estados Unidos se publica una revista trimestral que puede considerarse la abanderada de esta corriente: The Responsive Community: Rights and Responsibilities. Y en cuanto a autores emblemáticos, un acercamiento serio a comunitarismo exige leer a autores como Amitai Etzioni, Robert Bellah, Charles Taylor, Michael Walzer, o Alasdair MacIntyre.
  
José Alfonso Arregui Garcia

1 comentario:

  1. Hola José.

    Desde Chile. Lamento haber encontrado este blog tanto tiempo después de su inicio. Si aún lo mantienes, te ruego me des señales de ello a mi correo, para intercambiar opiniones activamente.

    Saludos y fuerza.

    Pedro Santander

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