Aragón Liberal
(Enviado por: José Alfonso Arregui) , 16/11/07, 16:52 h
El comunitarismo es un movimiento intelectual nacido en
Estados Unidos en la década de los 80 que se distancia tanto del liberalismo
como de la socialdemocracia a la hora de proponer soluciones políticas a los
problemas sociales.
El movimiento comunitarista es poco conocido en nuestros
lares, quizá porque en España el discurso político hegemónico oscila
pendularmente desde 1982, sin opciones alternativas realistas, entre la
socialdemocracia más o menos incisiva y el liberalismo de ribetes
conservadores. Sin embargo, en Estados Unidos ha alcanzado notables cotas de
influencia académica y sociológica, aunque no todavía política. A mi entender,
constituye una de las líneas de renovación ideológica más prometedoras de
nuestro tiempo porque, entre otras cosas, redirige la atención a los valores
morales y a las instituciones básicas de cohesión social.
Frente al hegemónico buque liberal de ámbito anglosajón (y
por tanto, mundial, no nos engañemos), se alzan las voces de estos pensadores y
filósofos que, sin formar una corriente política definida ni un bloque
compacto, procuran aportar al debate público nuevos modos de considerar las
relaciones entre el ciudadano y el estado, enriqueciéndolas con entidades
intermedias y tratando de superar la polarización liberal entre individuo y
aparato estatal.
De entrada, el comunitarismo no puede confundirse con el
conjunto de alternativas políticas conocido como “tercera vía”, en expresión
atribuida a Anthony Giddens, asesor ideológico de Tony Blair y exdirector de la
prestigiosa London School of Economics. Si esta tercera vía constituye una
revisión de la socialdemocracia, que llevó a formular el New Labour (Nuevo
Laborismo) del Premier británico, el comunitarismo bebe sus fuentes del
pensamiento social clásico, nace en Norteamérica en la década de los 80, y
tiene como elemento característico la crítica al liberalismo y a la tradición
ilustrada en general.
Frente al liberalismo, niegan que el interés individual sea
fundamento válido para la vida social. Frente a la socialdemocracia, ponen por
delante del Estado las unidades sociales menores (familia, vecindario...). Para
los comunitaristas, muchos problemas sociales como la drogadicción o el
desempleo ni los puede evitar el mercado, ni puede curarlos el Estado.
Afirman que no somos individuos aislados que pactan una
convivencia basada en acuerdos políticos y económicos, con el interés
individual como motor del consenso (la conocida teoría del pacto o contrato
social). Con anterioridad a esta hipotética situación de partida (inexistente,
por otra parte, en la historia real de la humanidad), de hecho los seres
humanos estamos unidos por lazos culturales, históricos, de solidaridad, de
sangre, de valores… La modernidad de los últimos tres siglos ha fomentado el
atomismo social, el aislamiento y la soledad. Y eso es lo que estos autores
proponen: que volvamos a ser una comunidad.
Una tesis compartida por todos los comunitaristas es que
adquirimos la moral (un saber práctico) y nuestras convicciones básicas desde
una tradición dada, por lo que resulta ingenuo pretender construir una ética
que prescinda totalmente de la herencia social recibida. Sólo a partir de ahí
puede uno empezar a pensar por sí mismo, para corregir y superar la tradición.
En opinión de uno de estos autores, unas simples reglas formales de
convivencia, “un débil consenso político, limitado en gran parte a cuestiones
de procedimiento, no puede sostener un sistema político coherente y eficaz”
(Bellah). Quizá se explique así la omnipresencia de las encuestas, como manifestación
del afán de conformarse a las ideas de los demás, y del rechazo a aceptar una
opinión autorizada.
Aristóteles es un autor especialmente apreciado por algunos
comunitaristas, por el desarrollo que el filósofo griego elabora en torno al
hombre como zoon politikon, como animal social, y por el carácter esencial que
el estagirita atribuye a esta condición. El individualismo radical casa mal con
este planteamiento, porque relega a la sociedad a un orden meramente secundario
frente a la soberanía absoluta del yo. Por eso el comunitarismo trata de poner
de relieve la importancia de los vínculos recibidos (por tanto, no elegidos),
deberes que nos afectan porque desde que nacemos estamos insertados en un orden
social concreto: no hemos aparecido en la tierra de repente. Y deberes que son
marginados de la vida pública porque lo que se gestiona es un bienestar privado
de seres individualistas.
No es de extrañar, por eso, la extendida preocupación por
los índices de participación democrática: como explica otro de estos autores,
“el aislamiento personal lleva a disminuir la participación, el ciudadano
individual se queda solo frente al vasto Estado burocrático y se siente, con
razón, impotente. Con ello, el ciudadano se desmotiva aún más, y se cierra el
círculo vicioso del despotismo blando, como expresa Tocqueville" (Taylor).
Los críticos del comunitarismo tildan a estos autores de
reaccionarios, porque si se atiende a los vínculos comunitarios, no elegidos
democráticamente, es fácil amenazar las libertades individuales, especialmente
las de las minorías. Los comunitaristas responden que buscan la defensa del
individuo, pero sin que lleve a la muerte de la solidaridad. Como indica
Bellah, "un grupo fuerte que respete las diferencias individuales
reforzará la autonomía al igual que la solidaridad, porque es en el aislamiento
y no en los grupos donde las personas son más susceptibles de ser
homogeneizadas". Además, la propia democracia no cae del cielo, sino que
supone la aceptación de una serie de premisas (igualdad de todos ante la ley,
poder limitado…) casi imposibles de cuajar en culturas con un sistema rígido de
castas o con una concepción determinista de los actos humanos.
Otro conocido comunitarista, Amitai Etzioni, explica que
basar la vida pública en los valores no significa hacer del Estado el guardián
de la moral: “se confunde el derecho a no sufrir la intromisión del Estado con
el derecho, que no existe, de estar libre de escrutinio moral por parte de los
que nos rodean y de la comunidad”. Para revitalizar la sociedad no sirven los
incentivos y castigos legales, sino que “las personas cambien”. El mismo
Etzioni da un ejemplo de política comunitarista, y expone lo que hicieron en
Seattle para prestar asistencia rápida a los que sufren un infarto. El liberal
típico habría confiado la cuestión a las leyes del mercado: si hay demanda de
un servicio, la libre competencia la satisfará del modo más eficaz y más
barato.
Un socialdemócrata habría hecho que el ayuntamiento comprara decenas de
ambulancias. En uno y otro caso, el problema es conseguir que el equipo médico
llegue a tiempo, ya sea en ambulancia privada o en una municipal. Así que en
Seattle han enseñado a miles de ciudadanos a prestar los primeros auxilios a
las víctimas de infarto.
Para los más interesados, en Estados Unidos se publica una
revista trimestral que puede considerarse la abanderada de esta corriente: The
Responsive Community: Rights and Responsibilities. Y en cuanto a autores
emblemáticos, un acercamiento serio a comunitarismo exige leer a autores como
Amitai Etzioni, Robert Bellah, Charles Taylor, Michael Walzer, o Alasdair
MacIntyre.
José Alfonso Arregui Garcia
Hola José.
ResponderEliminarDesde Chile. Lamento haber encontrado este blog tanto tiempo después de su inicio. Si aún lo mantienes, te ruego me des señales de ello a mi correo, para intercambiar opiniones activamente.
Saludos y fuerza.
Pedro Santander